Somos cíclicas, cambiantes. Evolucionamos, nos transformamos, crecemos, florecemos. Lo sentimos dentro de nosotras mismas, en nuestro interior.

Es evidente que somos cíclicas, y también es evidente que estamos enraizadas de una forma especial y mágica con la Tierra y con los ciclos de la naturaleza. Sabemos y sentimos como los ciclos lunares influyen con gran energía en nuestros ciclos menstruales, como la energía del Sol nos recarga el espíritu y transforma nuestras emociones, y como nuestro interior cambia y evoluciona al ritmo de las estaciones, de los ciclos de un año.

Realmente, hace pocos meses que me aventuré a descubrir mi propia naturaleza cíclica, así como la parte espiritual de mi feminidad, y me acerqué maravillosamente, aún sin saberlo, a un mágico mundo de auto-conocimiento, de evolución, de crecimiento y de transformación en el que he aprendido mucho sobre mi cuerpo y sobre mi misma.

En este mágico camino he descubierto los ciclos y las fases lunares, así como la influencia que estos ejercen sobre nuestro ciclo menstrual, he conocido los ritmos de mi cuerpo y las sensaciones que hay en él en cada fase, y , entre todo esto, se alza un descubrimiento mucho más especial y maravilloso para mí; el de conectarme con los ciclos de naturaleza y con la poderosa energía que emana de ellos, así como de la propia Tierra. 

Es por ese motivo por el que hoy sentía la necesidad de compartir con vosotros, en este pequeño espacio personal de armonía y serenidad, la mágica conexión que existe entre nosotras y los ciclos que tienen lugar en la naturaleza, especialmente en la estación de la primavera, la estación más bonita, mágica y pura para mí, así como dejar constancia de que estamos puramente enraizadas con la Tierra, con su energía, con sus ritmos y con el equilibrio natural que hay en ella. 

Antes de empezar a hacerlo, y como siempre me gusta hacer, quiero aclarar aquí que este artículo, totalmente personal y único, no pretende en absoluto marcar modelos mentales, así como tampoco busca aportar explicaciones técnicas de los temas tratados, pues es, meramente, una visión, una perspectiva y un entendimiento personal que me apetecía mucho compartir con el mundo. Por ese motivo, quiero que sepas que es posible que no te sientas identificado con las cosas que se plasman aquí, o en cualquiera de los artículos de este pequeño blog. Y eso es algo totalmente aceptable y positivo, pues cada uno de nosotros conforma un mundo único y maravilloso, y, como me gusta considerar, es ahí donde realmente reside la magia; en la variedad individual de cada persona, de cada mundo interno, y en nuestra propia forma de entender, practicar y analizar nuestra espiritualidad.  

LA ESENCIA DE LOS ELEMENTOS NATURALES

La naturaleza guarda una estrecha conexión con todo aquello que proviene directa o indirectamente de ella. Tal vez pueda pasar desapercibida para los ojos del ser humano, pero no lo hace de la misma forma frente a sus emociones y sensaciones, pues a menudo sentimos como los ciclos o ritmos de la naturaleza influyen en nosotras, en nuestro interior, en nuestras emociones y en nuestra energía espiritual, y somos conscientes de ello. 

Desde la antigüedad, estudios filósofos determinaron que la naturaleza está compuesta de cuatro elementos tan básicos como esenciales, tierra, fuego, aire y agua, y afirmaron que cada uno de ellos desprende una fuerte energía, energías que juntas mueven el ritmo de la vida en la naturaleza. Si pudiésemos visualizar un árbol para entender cómo influyen los cuatros elementos en su proceso vital, sería algo parecido a esto; el árbol, a través de sus raíces, absorbe el agua y los minerales necesarios para su crecimiento, por lo que necesita los elementos agua y tierra, respira a través de las hojas, por lo que necesita el elemento aire, y se nutre con la luz del sol, por lo que necesita al fuego como elemento base para vivir, crecer y transformarse.

En este punto, y con esta sencilla visualización, podríamos afirmar que el árbol, que es la máxima expresión de la vida, se nutre a sí mismo durante todo su proceso vital a través de los cuatro elementos de la naturaleza, o lo que sería lo mismo, los cuatro principios básicos de la vida. 

Del mismo modo que ocurre con el árbol, los cuatro elementos naturales también residen en nuestro interior, en lo más profundo de nuestra parte espiritual, y actúan en relación con los ciclos y ritmos personales de cada una de nosotras. Es así que, cada elemento natural, fuego, aire, agua y tierra, representa en nosotras unas características concretas, así como las cuatro partes esenciales de nuestra verdadera existencia, de nuestro verdadero «ser». Estos también simbolizan las emociones y sensaciones que experimentamos en nuestros ciclos vitales y espirituales. Así, el elemento fuego simboliza nuestra fuerza, el elemento aire simboliza nuestra parte racional, el elemento agua simboliza las emociones y el elemento tierra simboliza la armonía y el equilibrio.

Ellos nos forman, residen en nuestro interior y nos aportan ciertas propiedades según las situaciones y experiencias que vivamos en cada momento de nuestra experiencia física en la Tierra. Y es así que nos conectan, de la forma más poderosa, con nuestra verdadera naturaleza, de la que también provenimos.

A continuación, encontrarás aquí los cuatro elementos naturales y qué representa, para mí, cada uno de ellos, así como con qué parte de nuestro interior se relacionan y qué características nos aportan:

– ELEMENTO FUEGO. Representa nuestra energía vital, el ímpetu, el trabajo, el esfuerzo en algo y la lucha. Es fuerza de voluntad, liderazgo, independencia, decisión y acción. Es el crear, el lanzar y el trabajar como proceso completo. Está relacionado con el ímpetu y con la energía.

– ELEMENTO AIRE. Representa la parte intelectual, racional y lógica del ser humano. Es pensamiento, creación de ideas, tranquilidad y análisis mental. Es motivación y energía por crear. Está relacionado con la razón y el poder de la mente.

– ELEMENTO AGUA. Representa los sentimientos y las emociones, el inconsciente y la intuición psíquica. Es amor, dulzura y sensibilidad. Es serenidad. Está relacionado con la emoción y el poder del sentimiento. 

– ELEMENTO TIERRA. Representa el mundo real, aquél que puede tocarse y sentirse a través de los sentidos. Es la constancia y la tranquilidad para alcanzar objetivos, así como la paciencia para ver los frutos de aquello que sembramos. Es serenidad y armonía. Está relacionado con el equilibrio y con el poder de lo perenne. 

Y así como cada uno de ellos se relaciona con ciertas partes de nuestro interior, también nos aportan ciertas características cuando afloran en nosotros. Cuando en nuestro interior predomina la energía de la tierra nos sentimos más abiertos a la constancia y vamos más claramente hacia nuestros objetivos, confiamos en que lo que estamos haciendo dará sus frutos y nos sentimos seguros y serenos; estamos en equilibrio con lo que somos y lo que hacemos. Cuando lo hace la energía del agua, nos sentimos sensibles, amorosos, demandamos afecto y comprensión, pues nuestras emociones están a flor de piel. Cuando predomina la energía del aire nos sentimos poderosamente creativos, llenos de ideas y proyectos, enérgicos y motivados para empezar a crear cosas nuevas. También sentimos la necesidad de meditar, de estar a solas, de mirar hacia nuestro interior y de plasmar esas sensaciones en nuestro diario. Cuando predomina la energía del fuego nos sentimos enérgicos y agitados, entusiasmados y explosivos, fuertes, e incluso salvajes. Imparables, decididos a hacer algo. 

LA DANZA DE LAS ESTACIONES

Llegados a este punto, y habiendo descubierto ya que los cuatro elementos residen dentro de cada una de nosotras, podríamos entender aquí el porqué de nuestras variaciones emocionales en ciertos periodos de tiempo, como por ejemplo en un mismo día o en una misma semana. Pero hay algo todavía más sorprendente en todo esto, y es que, así como estamos enraizados con la naturaleza a través de los cuatro elementos naturales, también lo estamos con las cuatro estaciones de un año, y ambos están estrechamente relacionados entre ellos:

OTOÑO. El elemento tierra representa el otoño, tiempo de viajar hacia nuestro interior para analizar aquello que es necesario soltar y liberar, así como los árboles sueltan sus hojas, y quedarnos solo con aquello que sea esencial para nosotros. Otoño es despejar espacio, deshacerse y dejar sitio para lo nuevo, para la renovación que empieza con la llegada del invierno.

INVIERNO. El elemento agua representa el invierno, tiempo de apreciar la tranquilidad, la armonía y la serenidad de la Tierra y, por ende, de nuestro interior. Es tiempo de adentrarse en uno mismo y de conectar con nuestro poder personal y con nuestra espiritualidad de una forma más especial. 

PRIMAVERA. El elemento aire representa la primavera, tiempo de sentir la vida, de saborear la energía del Sol, de brotar por dentro, de crecer, de florecer en nuestro interior. Es la máxima expresión de la naturaleza, como lo son los árboles que florecen y la hierba que crece, es tiempo de especial riqueza personal y plenitud.

VERANO. El elemento fuego representa el verano, tiempo de observar y recoger todo lo sembrado en primavera, es alegría y celebración por los resultados obtenidos y por la vida en sí misma. Es luz interior, así como la luz de Sol permanece más tiempo visible, y brillo personal en todos los aspectos de nuestra experiencia.

Primavera y verano son ciclos de exteriorizar, de nutrirse por dentro de todo lo que nos viene de fuera, como la luz del Sol, la calidez del ambiente, las praderas repletas de flores. Así como todo brota y reluce en primavera y verano, también lo hacemos nosotros. Otoño e invierno son ciclos de interiorizar, de recogimiento en uno mismo y de nutrir nuestro interior con todo lo que proviene de dentro de nosotros mismos. En primavera y verano somos flor que brota hacia fuera, en otoño e invierno somos semilla que se recoge hacia dentro. 

QUERIDA PRIMAVERA; FLOREZCO CONTIGO

Una vez aquí, no podía terminar este artículo sin plasmar en él lo muy especial que está siendo esta primavera para mí, y para mi interior.

Fluir, brotar, crecer, florecer. Es así como estoy sintiendo este maravilloso ciclo en lo más profundo de mi alma. 

Siento que mi interior renace, que se llena de vida como una semilla que brota, que crece y se transforma saboreando la vida a su paso, saboreando los rayos del Sol, conectándose puramente con la naturaleza, con su esencia.

Siento la primavera como un intenso deseo de vivir, como una necesidad de conectarme con la Tierra, de sentarme en ella con los pies descalzos, de sentirla y de escuchar su música en silencio. Siento que es tiempo de dejarme fluir, de dejarme sentir y de permitirme «ser», y lo hago con el alma llena de vida.

Para mí la primavera es florecer por dentro siguiendo ritmo de la naturaleza, fluir al ritmo de la vida. Me siento renacer, evolucionar. Me siento «ser», me siento crecer y brotar, me siento FLUIR Y FLORECER. Y siento una enorme armonía, una enorme paz y una mágica serenidad en mi interior. Así como unas ganas intensas de saborear cada rayo de sol de esta bonita primavera. Me dejo existir, sentir, saborear.

Querida primavera; florezco contigo. Y doy gracias por ello.

Deseo que os guste.

Gracias por leerme.

¡Feliz maravillosa primavera para todos!

Floreced.

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